Mariposa
Lily, por Eduardo H. Grecco
A partir de aquella noche
todo cambió dentro de mí; volví a estar habitado;
ya no era aquel lastimoso vacío en el que daban vueltas (como
los desperdicios de una habitación abandonada) las nostalgias,
los reproches y las acusaciones; de repente la habitación
de mi interior estaba arreglada y alguien vivía dentro de
ella
Milan Kundera, La broma
He
tenido la oportunidad de escribir, sobre Mariposa Lily, una serie
de textos a lo largo del tiempo, la mayoría de naturaleza
clínica y terapéutica, que ilustran sobre los beneficios
sanadores que esta esencia proporciona. Por otra parte, existen
varios trabajos, como el de Richard Katz y Patricia Kaminski, que
nos acercan al conocimiento de la esencia de esta flor y a la comprensión
de sus mecanismos fundantes que ponen en evidencia los alcances
de su obra sobre el alma de cada persona.
En
el presente, quiero hablar del patrón emocional de este remedio
que se relaciona, en mucho, con nuestro sentimiento de seguridad
ontológica, afecto que hemos consolidado o no, en nuestra
vida, en la matriz de ese particular y único vínculo
que conformó el juego de interacciones vivido en la relación
con nuestra madre. Un vínculo en donde se reactualizan todos
los pasados (constelares, arquetípicos, kármicos y
prepersonales) que traemos en la mochila de nuestra memoria al tiempo
de nacer.
El
cuerpo de mamá
Tal
vez sea algo demasiado obvio para recordar pero me arriesgo: entramos
en la vida, encarnamos en esta tierra, por intermedio del cuerpo
de mamá. Ella nos proporciona la primera casa donde habitamos,
el primer territorio donde nos vamos forjando, el primer mundo en
el cual interactuamos. Nos brinda un espacio lleno de matices y
vaivenes, tanto materiales como sutiles, un mundo donde aprendemos,
al ritmo del latir de su corazón, los esquemas básicos
de las emociones.
Cuando
dejamos esta primera morada, cuando nos separan de la placenta,
de nuevo nuestra madre ofrece un modelo de cobijo y abrigo con sus
brazos alrededor de nuestro frágil cuerpo. Los brazos de
mamá, en nuestra piel, dibujan una segunda placenta de protección
y, durante mucho tiempo, somos demandantes de ese gesto de mamá
para poder, no sólo sobrevivir, sino vivir.
Esta dimensión, en lo simbólico, está representada
por la luna: la energía lunar es la que impronta la transición
del nacimiento. De manera que la luna, en nuestra carta natal, representa
la energía de mamá, esa energía que nos da
seguridad y que determina, en cierto modo, nuestra personalidad.
Al
introducir esta idea de la función madre como modeladora
de la personalidad, vale la pena mencionar que nuestra personalidad,
al igual que mamá, es lo que nos sostiene, protege, arraiga
y nutre, de tal manera que podemos hacer un juego de transformaciones
en el cual vamos a incluir los conceptos de mamá, personalidad
y familia como ejes simbólicos que nos atan al pasado, pero
que a la par nos cimientan en la seguridad que permite desplegar
el ser. Dicho de otro modo, mamá, familia y personalidad
son nuestras estructuras básicas imaginarias de búsqueda
de seguridad a la cual retornamos en cada circunstancia adversa
de la vida en la cual sentimos amenazada nuestra identidad.
¿Qué ocurre cuando una persona se relaciona de un
modo tal que todo lo que nutre lo vive como tóxico y todo
lo intoxicante lo vive como nutritivo? ¿Qué ocurre
con una persona cuando vive todo cobijo como ahogo y todo ahogo
como cobijo? ¿Qué sucede cuando una persona se siente
insegura, desprotegida y vivencia toda separación como abandono?
Ese cuerpo de mamá, hoy interiorizado como una constelación
afectiva, hoy funcionado como “la personalidad”, ese
“cuerpo”, que tendría que estar proporcionando
nutrición, protección, sostén y amparo, no
cubre ahora estas demandas y deja a la persona sumida en la sensación
de desprotección y desamparo.
La seguridad
La
seguridad es, en nuestro mundo emocional, lo que el sistema óseo
es en el físico: sostén, protección, firmeza,
estabilidad... Aquello que nos mantiene en pie ante las tormentas
y placeres de la vida.
Cuando
la seguridad se desenvuelve de un modo armónico se presenta,
ante la conciencia, como certidumbre y capacidad de discernimiento.
En una época histórica como la actual, donde el desequilibrio
es un dato constante y cotidiano, parece natural que los seres humanos
busquen moradas “seguras” donde refugiarse, pero que,
muchas veces, acaban convirtiéndose en murallas detrás
de las que se aíslan y, sin embargo, no logran superar sus
temores. Ocurre, entonces, que aun conscientes del elevado precio
que pagan, eligen no innovar y ver pasar la vida dejándola
ir, sin animarse a correr el más mínimo riesgo por
vivirla y, así, van muriendo lentamente de melancolía,
en un estado emocional que ilustran magníficamente los versos
de Fernando Pessoa (bajo su heterónimo Alberto Caeiro): Cuando
venga la primavera, / si yo ya estuviese muerto, / las flores florecerán
del mismo modo / y los árboles no serán menos verdes
que en la primavera pasada. / La realidad no me necesita.
La seguridad es al hacer, lo que la intuición al pensamiento.
Ambos condensadores psíquicos nos dan las certezas necesarias
para avanzar en la vida y ambos se forjan en el crisol materno.
Si faltan o son endebles, nos derrumbamos o nos rigidizamos como
extremos defensivos frente al miedo. Sentimos pavor ante la posibilidad
de perder las seguridades adquiridas porque en realidad las sentimos
pobremente aferradas a nuestra piel. Sentimos terror ante la aniquilación
de nuestra identidad (como ocurre en la persona Rock Rose) porque
nos apreciamos fuertemente inseguros.
Lo
que la seguridad nos da
La
búsqueda de seguridad intenta dar cobertura a cuatro demandas
básicas: cobijo, protección, nutrición y afecto.
(Necesidades imprescindibles y urgentes, como se las siente en estos
versos de Pablo Neruda: Ámame, tú, sonríeme,
/ ayúdame a ser bueno.)
El cobijo y la protección nos hacen experimentar que “tenemos”
una casa –que primero fue un útero– y, por lo
tanto, nos invade la vivencia de “estar más seguros”;
el alimento nos da la sensación de que, cuando tenemos el
estómago lleno, nos sentimos más seguros, y por último,
percibidas las señales de que somos queridos y aceptados,
el afecto nos provee de un umbral creciente de mayor seguridad.
Mamá
fue quien nos enseñó a encontrar, en su vientre primero,
luego en sus brazos y sus pechos, y más tarde en su voz,
el camino para satisfacer tales requerimientos imperativos para
realizar en plenitud nuestra verdadera esencia.
Es tan central la seguridad en nuestra vida que su carencia nos
arroja al desamparo. El hombre que la posee, incluso de modo precario
o transitorio, es capaz de cualquier sacrificio con tal de no perderla,
aun de enfermarse, ya que, para muchas personas, la locura o un
síntoma orgánico representan, imaginariamente, la
posibilidad de sostenerse en alguna amarra, estar cobijado por algo.
La seguridad implica tener la certeza de saber, en principio, dónde
uno está parado y qué quiere lograr, y luego hacia
dónde se va y en la marcha permite mantener el ritmo propio
de nuestros pasos, con alegría, a pesar todos los escollos
del camino, y a no temerle a lo que pueda suceder (sobre todo, en
estos tiempos de incertidumbre globalizada). Una persona insegura
es alguien extraviado y perdido por los senderos de la vida, alguien
sometido, en su andar, a las mareas emocionales de los otros y a
sus propias mareas incontrolables. Seguridad también significa
confianza en uno mismo (y, de ser creyente, en los designios superiores)
y confianza en que se no correrá ningún peligro insalvable,
que nada va a fallar (y que si algo falla, se podrá volver
a intentar). Es ese estado de íntima convicción de
que aquello que deseo, si mantengo la impecabilidad en mis actos,
si tengo fe y estoy despierto, sucederá sin duda. Por lo
tanto, la seguridad es un afecto que nos aleja tanto del miedo como
de la angustia, tanto de lo temible como de lo incierto.
Por
otra parte, la sensación de seguridad es, en lo visceral
y lo cardíaco de cada persona, un sentimiento tan inexplicable
como la fe o el amor. Aquí hablamos de la seguridad como
de una capacidad del alma para sostener de pie a la persona en la
vida cotidiana y ayudarla a hacer y a evolucionar, y no, por ejemplo,
la que puede dar el dinero, la belleza exterior, un título,
o el ejercicio de algún poder o destreza. Hablamos de ese
"algo" que cada uno sabe si posee o no se posee, ese sentimiento
que no necesita razones para su presencia o ausencia (aunque se
pueda, desde lo psicológico, analizar las causas de una u
otra), que no se puede incorporar por transfusión y que no
depende de lo exterior porque sólo surge, como un surtidor,
de la médula del alma. Pero no somos deterministas. No se
nace con este "don" para toda la vida –aunque nos
sentimos cobijados y seguros en el útero materno–,
y si en la infancia nadie nos ha procurado seguridad, a pesar de
ello es posible alcanzarla y merecerla, como la fe, como el amor...
Mamá
y la seguridad
Aprendimos
de mamá a nutrirnos y en esa etapa nutricia no sólo
nos dio alimento sino también seguridad. Con cada abrazo
nos llenó de firmeza, en cada rechazo nos preñó
de incertidumbres. Así, como nos enseñó a alimentarnos,
protegernos, caminar y hablar, mamá nos dio las coordenadas
básicas para asimilar la energía de la seguridad o
la falta de ella. Una seguridad que recorre cada parte de nuestro
cuerpo y llena cada una de nuestras glándulas y vísceras
con su presencia. Una seguridad que transita a la par con nuestra
sangre oxigenando nuestro espíritu, mientras ésta
lo hace con el cuerpo.
La seguridad no es algo que tenemos sino algo en lo cual moramos.
Al igual que mamá, la seguridad nos envuelve con sus brazos.
Pero, así como hay brazos sostenedores, los hay ausentes,
ahogantes, frustrantes, débiles, egoístas...
Las
consecuencias clínicas
Hilvanada
así la reflexión anterior, previamente al abordaje
de Mariposa Lily, debemos decir ahora que este remedio se presenta
como una herramienta crucial para todas los seres humanos, ya que
–sea por vía biográfica, prepersonal o transpersonal–
todos nosotros cargamos con alguna cuenta pendiente con mamá,
con alguna situación en donde las insuficiencias parecen
predominar.
A
veces, desplazamos estas insuficiencias al cuerpo, en síntomas
(especialmente digestivos, circulatorios, respiratorios y óseos),
o al psiquismo (como por ejemplo las psicosis o los sentimientos
de desamparo, desolación y abandono) y, muchas otras veces,
proyectamos en nuestras relaciones interpersonales, los conflictos,
deudas y temores conectados con esta constelación materna.
Además de sanar nuestra relación con mamá –y
todo lo que ello implica– Mariposa Lily equilibra nuestra
personalidad, nos da una mayor conexión con nuestro cuerpo
–vivido como el pivote de nuestra existencia–, nos reconcilia
con nuestra familia, nos amiga con nuestro pasado y nos reconecta
con nuestras emociones.
Nos
hace comprender que madre, familia, personalidad, cuerpo y memoria
son una serie de estructuras que, si bien pueden atarnos regresiva
y a veces dolorosamente al ayer, también pueden devenir en
"medios de navegación" hacia el desapego por el
sendero del crecimiento. Son sistemas de referencia que, cual "pista
de despegue", a veces nos retienen en ella, con el argumento
de las "malas condiciones climáticas", otras nos
obligan a un involuntario "aterrizaje forzoso" por "falta
de combustible", pero a partir de un momento de nuestra historia
personal bien podemos lograr, al fin, que nos sirvan de "plataforma",
para que desde allí aprendamos a remontar vuelo por nuestros
propios medios, con nuestro propio avión y a nuestro aire.
Y tal vez, entonces, podamos decir, como el gran poeta argentino
Juan Gelman: Hemos quemado el miedo, / hemos mirado frente a frente
al dolor, / antes de merecer esta esperanza.
De alguna manera, Mariposa Lily nos hace unir las dos puntas del
ovillo de la trama de nuestra vida: los anclajes del pasado que
nos constituyen (mamá, familia, cuerpo, personalidad y memoria)
y el destino al cual caminamos (trascendencia, aprendizaje), que
nos lleva a evolucionar, no negando el ayer sino construyendo nuestra
identidad sobre esa base, pero transformándola.
Después
de todo, la seguridad –"eso" que sentíamos
prendidos a la teta de mamá– es el sentimiento que
nos permite tener continuidad en el cambio permanente al que la
vida nos convoca y arroja.
Tener
un corazón Mariposa Lily es estar abierto al porvenir, sin
temer perdernos en el remolino del laberinto de nuestros afectos,
el entretejido de nuestras relaciones o la maraña de nuestros
sueños.
Es
sentir ganas de recitar en voz alta estos versos de Antonio Machado:
Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la
vida / otro milagro de la primavera.
Es
sentir que fluye, dentro de nosotros y como de una fuente inagotable,
la fortaleza para enfrentar los desafíos de la vida. Que
hay algo o alguien valioso dentro de nuestra ahora ordenada "habitación
interior" (ésa de la que nos habla Milan Kundera en
el epígrafe). Y es sentir, también, que nunca estamos
solos o desamparados, porque habitamos una trama que nos da cobijo,
albergue, protección y sustento, y que al mismo tiempo nos
alienta a avanzar hacia el mañana sin temor y con la seguridad
de que “nada nos puede faltar".
Contactar
al autor:
eduardo_grecco@terra.com.mx
http://www.laredfloral.com

Calochortus
Leichtlinii (Mariposa Lily)